Acerca de la montaña
Hace dieciséis millones de años, cuando el volcán Palo Huérfano aún estaba activo, ayudó a tallar los sistemas de ríos que dieron forma a la tierra: una madre antigua de los valles y las llanuras del Bajío. Surgió de las mismas fuerzas volcánicas que moldearon gran parte del centro de México, como parte del gran Eje Neovolcánico Transversal. Hoy, sus laderas erosionadas descienden entre pastizales, semidesierto, encinares y bosque volcánico, lo que hace de la montaña un corredor natural para la vida silvestre.
Durante milenios, este ha sido un paisaje de paso. Mamuts y felinos dientes de sable cruzaron alguna vez estas laderas; sus fósiles todavía afloran en la roca de los alrededores. Hoy la montaña sigue viva al mismo ritmo: aguilillas cola roja que giran en las corrientes térmicas, pumas que recorren las partes altas y, cada otoño, mariposas monarca que pasan hacia el sur en una de las mayores migraciones de la Tierra. En las laderas occidentales, en cuevas a las que solo se llega tras un recorrido de cuatro horas a caballo desde la casa, siguen marcando la piedra los petroglifos que antiguos mesoamericanos tallaron hace siglos.
En una noche despejada puedes ver a simple vista los planetas y el pálido río de la Vía Láctea. Estos cielos cautivan desde hace mucho al pensamiento humano: los hemos contemplado buscando nuestro lugar en el orden de las cosas. Hay pruebas de ello muy cerca: los centros ceremoniales de los hñähñu (otomíes) se orientaron deliberadamente hacia los movimientos del sol, la luna y Venus. Para los hñähñu, estas montañas pertenecían al mismo mundo que las estrellas: antiguo, perdurable y lleno de significado.
Pero lo primero que notan los huéspedes es el silencio: una quietud que solo rompen el viento y el canto de las aves. Después, cuando oscurece, las estrellas surgen bajo un cielo tan oscuro que se sienten imposiblemente cercanas.